La oscuridad y la muerte provocan sentimientos de miedo y de dolor. Los que habían visto a Cristo muerto en la cruz y dejado en el sepulcro en esa noche del viernes, en el amanecer del domingo ven la luz y escuchan el primer anuncio: “No teman”.
Al pensamiento “¿quién va a remover la piedra?”, la respuesta no se hace esperar. “No lo busquen entre los muertos”. La gran noticia que Jesús está vivo disipa la oscuridad de la noche, expulsa los miedos y el dolor se convierte en gozo profundo que ya nada ni nadie nos puede quitar.
La Luz camina en la oscuridad. La única Luz capaz de iluminar. Nosotros vamos tras
la Luz, nos acercamos a ella, participamos de su vida.Nuestras velas apagadas, la noche que nos hunde en el anonimato, que no nos deja reconocernos, buscan encenderse. Nuestras vidas también. Nuestra razón está en
la Luz, recibida y comunicada. Unida a la de mi hermano para poder reconocernos, para expulsar el miedo, y descubrir nuestra identidad.
El agua que nos purifica, el pan que nos alimenta, el grito del aleluia, todo representa nuestro paso, nuestra Pascua. Del miedo y el dolor, a la certeza y la alegría: ha resucitado el Señor, nuestra Vida.
Después, la realidad de todos los domingos.
Jesús resucitado va transformando nuestra vida a medida que nos vamos
entregando como el pan, como el vino; nos va liberando, ofreciéndonos su paz,
su alegría, que podemos saborear todos aquellos que creemos en su amor.
La Eucaristía de todos los domingos revive siempre este misterio. Y nos
iremos a nuestras casas con la fe encendida, que quiere seguir iluminándonos
e iluminando el rostro y el camino de nuestros hermanos.
Desearles FELICES PASCUAS es lo mismo que decir que la certeza de