|
Triunfo de la paz y la cordura
Diciembre de 2008.
A treinta años del diferendo austral con Chile y la mediación papal
Hace treinta años, los trenes cargados de soldados casi niños rumbos al sur nos llenaban de escalofríos el corazón. En Ríos Gallegos, las familias emigraban a pocos días de Navidad ante la presunción del inicio inminente de los enfrentamientos armados. Y toda una historia en común, de convivencia armoniosa y solidaria, parecía a punto de hacerse añicos.
Más de un siglo de debate por la soberanía sobre el Canal de Beagle habían llegado a un punto de no retorno. En marzo de 1978, ambos países comenzaron a movilizar tropas hacia la frontera; la dictadura de Videla había rechazado el laudo arbitral británico por las islas Lennox, Picton y Nueva. En el canal de Beagle.
Días antes de Navidad, el jefe de la Armada, almirante Emilio Massera, intentó invadir las islas. Una tormenta impidió a los barcos llegar a destino.
En ese marco, el 22 de diciembre, el papa Juan Pablo II abrió una puerta de esperanza: aceptó ser mediador a través del cardenal Antonio Samoré, que arribó a este cono sur como su representante.
La tarea tuvo frutos inmediatos: se frenó la escalada armada. Y desembocó en 1984, tras un plebiscito, en la firma de un Tratado de Paz y Amistad entre Argentina y Chile.
Estuvimos al borde de una guerra de hermanos, de consecuencias insospechadas para nuestros países y para los demás de la región. ¿Qué postura habrían tomado Bolivia, Perú, Brasil, Uruguay…? ¿Quiénes se hubieran enriquecido con la venta de armas para derramar sangre de hermanos? ¿Cómo serían hoy nuestras relaciones si los enfrentamientos se hubieran llevado a cabo?
En ese tiempo, con Gobiernos militares en la región, la guerra parecía inevitable. Al cumplirse 30 años de aquellos últimos días de la Primavera del 78, es importante agradecer a Dios por la mediación del Santo Padre. Es bueno hacer con nuestro pueblo memoria agradecida de la intervención de la Iglesia en un momento clave de nuestra historia nacional.
Debemos también con firmeza renovar el valor de la paz a nivel internacional y nacional, e insistir en el camino del diálogo para la superación de cualquier conflicto. En estos días se celebrarán Misas de acción de gracias en ambos países. En el caso argentino, en el Santuario de Luján; en el Chileno, en el de Maipú.
Treinta años atrás fue clave esta actitud de confianza en Dios. Solo el clamor orante del pueblo argentino y chileno logró frenar la locura de la guerra. Porque muchos tenían vocación de paz pero también muchos tenían vocación de guerra. Y solo el Papa pudo responder con prontitud para que sus hijos no se peleen y no derramen sangre de hermanos.
Por todo esto, el fin del conflicto fue un "hecho histórico", como calificó nuestro padre Benedicto XVI. El mensaje del Papa fue leído días atrás por el enviado pontificio cardenal Idilio Scherer ante las presidentas de Argentina y Chile, Cristina Fernández de Kirchner y Michelle Bachelet, durante el acto que ambas presidieron en el paraje limítrofe de Monte Aymond, a 65 kilómetros de Río Gallegos. Benedicto XVI recordó que la participación del cardenal Antonio Samoré como representante del Papa Juan Pablo II "detuvo providencialmente el enfrentamiento bélico" y logró la firma de un tratado de Paz y Amistad.
El Papa resaltó también que "dicho éxito causó una agradable e inesperada sorpresa en el mundo, fue un ejemplo de como ante cualquier controversia se debe vencer siempre el desánimo y no dar nunca por agotado el camino del diálogo paciente y de la negociación conducida con sabiduría y prudencia"
Esto fue reconocido por las mandatarias: Cristina Fernández destacó que "afortunadamente, en aquel momento, la intervención papal pudo detener la tragedia", y agradeció ese gesto. Y la presidenta chilena afirmó: "Es un momento para detenerse y mirar el camino avanzado en estos 30 años y proyectar un futuro común de nuestros pueblos, más libre y más justo para todos, que es para lo que Cristina y yo somos presidentas de la República. Tenemos que recordar al papa Juan Pablo II, que evitó una verdadera tragedia y que ninguno de nuestros pueblos quiso, quiere ni querrá".
Quiera Dios que esta verdadera enseñaza de la historia y de la Fe nos ayude hoy para tender lazos de acercamiento a nuestros hermanos, dentro o fuera de las fronteras de nuestra patria.
La fraternidad va más allá de montañas o de ríos.
Pidamos a Dios que nos ilumine para que nada quiebre esta unión con nuestros hermanos. La violencia y el rencor siempre destruyen. El diálogo y el entendimiento son caminos necesarios para la paz.
+Jorge Lozano
Obispo de Gualeguaychú
|